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lunes, marzo 1, 2021
Generales

Crimen de los rugbiers: ¿qué hacer con esta manada desbocada?

Como experta en comportamiento humano, muchos me han preguntado: ¿qué piensa del caso de los rugbiers que mataron a un joven a patadas?

Pero la pregunta no es “qué piensa un experto” sino “¿qué hacemos con esta manada desbocada de jóvenes masculinos, futuros hombres de nuestra sociedad?".

Desde lo psicológico, el impulso agresivo nace con nosotros desde el minuto cero del alumbramiento.

Desde un bebé que muerde la teta en la lactancia con sus dientes incipientes, no hay ángeles caminando por este mundo.

Mordemos, pegamos, empujamos, arrojamos objetos, tenemos berrinches extremos hasta ponernos morados y así vamos creciendo. Maduramos evolutivamente y la agresión va transformándose para ser usada con fines diversos.

No es lo mismo ser carnicero que descuartizador; cirujano que torturador. Tampoco tiene los mismos rasgos quien elige rugby que quien elige correr. Y aunque ambas primeras metáforas distinguen claramente el bien del mal, con la tercera (rugby-correr) no es tan fácil; sólo debería haber diferencias de elecciones, sin embargo hay características de personalidad distintas en esas elecciones.

A un rugbier no le incomoda que le sigan pegando, tacleando para derribarlo, empujando y también seguir haciéndolo. Es su juego elegido, uno de los tantos juegos de contacto, como se denominan. Lo que sí importa es que este juego corporal, esté en el campo de juego; afuera, las reglas son otras y lo que adentro es un juego afuera lastima.

No todo es lineal en el comportamiento humano y también sucede que lo que existe para bien puede resultar lo peor. ¿Cómo hacer para que la agresión que nace con nosotros no sea violencia cuando vamos creciendo?

Necesitamos repensar los colectivos masculinos; el concepto de hombría, de lo masculino; tal como se redefinió el concepto de femenino, de femineidad.

Los colectivos clásicos masculinos, y el rugby es uno de ellos, tienen el paradigma del macho Alfa, rey de manada, cuanto más matón más hombre. Fuerza es diferente de potencia; pilar es diferente de omnipotencia. Cuando los jóvenes tienen conflictos en sus vidas, con este paradigma todo se arregla descargando ira, o sea, con violencia.

Para decirlo sintético: no es el rugby en sí el problema, son las voces que bajan de los formadores con el contenido que dan a los conceptos que expresan.

Padres “arengando a ganar”, instructores, divisiones superiores y sumisiones de derecho de piso; todo tendiente a denigrar, entonces “mejor, soy fuerte, si no, soy un marica”. Concepto del siglo pasado vigente aun entre muchos hombres.

El otro punto a investigar en estos lamentables desenlaces es el consumo de alcohol.

¿Por qué toman tanto los jóvenes? Porque en ese momento de la vida, adolescencia y primera juventud, estamos repletos de inseguridades y es cuando más necesitamos afirmarnos. Las juntadas son para dar identidad y fuerza.

El alcohol es un poderoso desinhibidor. Si soy inseguro estoy inhibido, si estoy borracho/a me animo a todo.

El exceso de alcohol da poder supremo para apretar el acelerador y matarse o matar o para usar una cabeza como guinda de rugby hasta que se rompe y desinfla. Macabro, pero real. Y viene habilitado desde los adultos con las previas en casa -“así sé lo que toman”, dicen padres con hijos de 15 años-, olvidando que cuanto más precoz la ingesta más severo el daño cerebral. Pero los padres toman, los entrenadores toman, los compañeros toman.

La secuencia de patadas en un vencido, un débil o un vulnerable termina como descarga compulsiva de ira que no se sostiene dentro de uno mismo; pura catarsis de lo que no se puede controlar.

Luego hay que irse, con la sensación del dominio total sin ningún grado de culpabilidad o remordimiento; eso es lo que causa el consumo del alcohol; anestesia moral.

Y llegamos al tercer tiempo: paradigmático en el rugby más que en cualquier otro deporte. Exhibición de machos; el que más convirtió es el más potente, en el sentido más sexual del concepto, “el que la tiene más dura, más larga”.

Es una irreverencia literaria, pero no hay otra forma de expresar lo que en esos ámbitos se dice. A puertas cerradas, pero es el ámbito donde los jóvenes quedan atrapados en el aprendizaje con los pares y los modelos. Como los vestuarios en el fútbol. Es el lugar donde más cuidado habría que tener de lo que se dice.

Rige la lógica del amo y el esclavo y se despliegan líderes de manada y los que los siguen.

Y es aquí donde me pregunto: ¿qué hacen los “formadores de rugbiers” si no empiezan por revisar sus propios conceptos e ideas?; así las aprendieron, seguramente deberán desandar mucho camino.

Y por último, me preocupa la aparición de una nueva expresión de grieta salvaje de esta sociedad.

¿Un grupo de jóvenes de clase media a media alta, de clubes de elite donde es difícil entrar, jóvenes “bien”? Así como se habla de “las pirañas del conurbano” que matan por un celular pero son pobres. ¿Eso se pretende instalar a raíz de este drama?

Ambos grupos, diría la antropología, aluden a animales, a depredadores, atacando. Y la sociología podría pensar: ¿qué sucede en una sociedad que no cuida su capital humano a futuro?

Mejor pensemos todos juntos que toda “manada” de jóvenes inadaptados es parte de nuestros próximos hombres adultos que deberán hacer algo para construir una sociedad mejor. ¿Podrán?

¿Vamos a hacer de esto una lucha de clases? ¿De opositores y oficialistas? ¿Es diferente el homicidio neoliberal del homicidio populista?

Esta sociedad no es como la de hace 50 años donde esto era natural y corriente; esta sociedad está enferma de rencor y resentimiento que la política alimenta y la movilidad social quedó en el mito de otra Argentina, la del esfuerzo, el estudio y el trabajo.

Termino expresando lo que pude pensar ante semejante atrocidad.

El deporte tiene siempre más de bueno que de malo: tiene reglas, objetivos, autoridades, equipo, aparente cuidado de la salud física, habría que incluir la salud mental también con preparación adecuada de quienes la imparten. O sea que el deporte ofrece la red integral que muchas veces falta en los hogares, sean pobres, medios o ricos.

Los valores no tienen precio. Requieren atención.

Pero no hay todavía conciencia de la enfermedad social colectiva que nos aqueja y está siendo tarde para muchas cosas y hay muchas que no cuestan un solo dólar. Y rinden más que cualquier bono.

Mi definición del hecho es: 10 vándalos, seguramente intoxicados, asesinan a un joven indefenso con alevosía.

Espero, como integrante de esta sociedad, Justicia sin impunidad, pena a cumplir y trabajo integrador para cuando salgan, pero cumpliendo pena efectiva, no aboliéndola.

El rugby es un deporte muy valioso y requiere un cambio de contenidos de sus antiguos paradigmas para que no pierda su valor como deporte. Revisarse todos a sí mismos.

Sería un gesto de grandes hombres.

Los colectivos masculinos en general, requieren revisión como tales; tal vez un by pass de sus impulsos y que el flujo corra hacia lo diverso y no hacia mujeres o vulnerables o riñas y tragedias.

Resalto la necesidad del punitivismo para terminar con la impunidad y colocándome a las antípodas del abolicionismo utilitario y manipulador de masas que no es otra cosa que muchas manadas juntas, la más pobre versión humana.

La autora es miembro de Usina de Justicia