+5493434610086 info@mundoentrerriano.com
domingo, marzo 7, 2021
Generales

El libre albedrío en juego

Baruch Spinoza define: “Sólo es libre aquello que existe por las necesidades de su propia naturaleza y cuyos actos se originan exclusivamente dentro de sí".

La libertad del hombre, según el filósofo holandés, no es algo dado. El hombre lejos de ser libre, sólo se hace libre. Esa libertad será alcanzada una vez que se abra al conocimiento y la razón. Su reflexión ontológica resulta autobiográfica. Spinoza se desata de las ligaduras de su mundo y de su tiempo. Un mundo de pensamientos mágicos, rituales ligados a la superstición, jerarquías clericales y una filosofía de la fe que ya no lo completaba. Creyente ferviente, pero de un Dios también libre de las ataduras que le habían impuesto los hombres, decide entonces, liberar a aquel Dios subyugado a los pedidos y ordenanzas que provenían de súplicas, ritos y encantamientos. Él mismo se libera de esa supuesta divinidad ególatra a la que sólo se complace alabándola constantemente. La única libertad absoluta es la de Dios, gritaba el rebelde de la fe, pero sólo si abrimos nuestra mente para buscarlo desde la razón podremos ser al fin libres, existir por nuestra propia naturaleza, y lograr que nuestros actos sean genuina y auténticamente originados por nosotros mismos.

¿Somos nosotros quienes decidimos lo que decidimos? ¿Elegimos de acuerdo a nuestra legítima libertad? ¿Acaso no nos vemos condicionados por mandatos familiares, contextos sociales, realidades económicas, interpretaciones políticas o consejos espirituales? ¿Decide nuestra alma, o la presión de un mundo de situaciones, viejos complejos, traumas no resueltos, desilusiones y recuerdos, fracasos y éxitos, hijos y padres? ¿Cuántos de nuestros actos se originan exclusivamente dentro nuestro?

En el otro extremo del pensamiento acerca de la libertad lo escuchamos a Jean-Paul Sartre: “El hombre nace libre, responsable y sin excusas”. Sin embargo, no parece ser tan simple. Nos derrotan las excusas. Creadores de pretextos, incurrimos en la cotidiana irresponsabilidad de no alcanzar libertad alguna. El peor de los Faraones es el que habita dentro.

Egipto se ve desolado por la devastadora catástofre de las Diez Plagas. Una tras otra llueven sobre el Reino del Nilo una serie de calamidades enviadas desde el cielo por mano de Moisés, junto al pedido desgarrado al Faraón para que libere a su pueblo. Tras cada negativa, un nuevo golpe letal. Su país está destruído, su gente agotada y desesperanzada. Pero el corazón del Faraón sólo se endurece, ante cada nuevo azote divino.

Sin embargo, el libre albedrío del Faraón es puesto en dudas al menos en veinte ocasiones del texto. El relato nos dice que es Dios quien endurece el corazón del Faraón, no permitiendo así que el pueblo de Israel sea liberado (Éxodo 7:3). De ser así, ¿no era entonces el Faraón libre de elegir? ¿Podríamos juzgarlo por sus actos? Resulta ser apenas un títere en una obra dirigida, actuada y comprendida por un sólo intérprete, que no es él. ¿Cuál es la verdadera participación que queda, entonces, para el escenario de nuestra vida?

Al leer detenidamente el texto de las Diez Plagas, podemos notar que en las primeras cinco, es el mismo Faraón quien endurece su corazón. Recién en las últimas cinco plagas es donde aparece el conflicto, donde es Dios quien hace pesado el corazón del Rey. Maimónides, en su libro acerca de las Leyes del Arrepentimiento (6:3), interpreta que después de todas las primeras veces en que el Faraón endurece su posición, le es quitada desde el cielo la libertad de elegir en adelante. El castigo a su obstinación es la privación de su libre albedrío. En sus palabras: “La posibilidad del arrepentimiento le fue quitada y la libertad de regresar de sus actos de maldad, eliminada”.

Podemos transformarnos en los gestores de la falta de nuestra libertad de elección. La intransigencia, la resistencia al cambio o la escucha, la terquedad al creernos dueños de una única verdad, la cerrazón de espíritu, los caprichos infantiles con tal de ganar la batalla, nos llevan a un punto de no retorno. A ese momento en donde ya no podemos dar marcha atrás. A ese lugar donde la obsesión del ego que domina la partida, nos deja sin poder elegir cambiar el rumbo o elegir libremente la próxima jugada. Nos sucede al comenzar con una pequeña mentira, que le sucede otro engaño, la siguiente farsa, un nuevo encubrimiento, y una montaña de falsedades. No podemos regresar, porque nos es quitada la libre elección. Nos sucede al probar primero tímidamente aquello que nos lleva más tarde a la derrota de cualquier adicción, al quiebre del futuro, al fin de los sueños, a la cancelación de una vida en libertad. A veces perdemos nuestra libertad de manera gradual, casi sin enterarnos, hasta que ya es demasiado tarde para recuperarla.

El dramaturgo austríaco Franz Grillparzer había dispuesto destruir su obra al morir. Sin embargo su versión del romance de La judía de Toledo fue salvado. Junto a ella, también su frase: “Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo”. Es nuestra mente nuestro Moisés, o nuestro peor Faraón.

El rabino italiano Ovadia Sforno desarrolló su exégesis de la Biblia unos 300 años después de Maimónides, en el Siglo XVI. Allí interpreta exactamente lo opuesto a Maimónides en relación al mismo conflicto en el mismo texto. Sforno dice que el endurecimiento del corazón del Faraón por parte de Dios fue justamente para restaurar su libre albedrío. La sucesión de las plagas había devastado su país, los propios egipcios clamaban por la liberación de los israelitas, sus funcionarios y magos le repetían que ya no tenían cómo hacer frente a todo ese caos, y debía soportar además a ese infatigable principe exiliado de Moisés, que lo perseguía en nombre de quién sabe qué Dios para que libere de una buena vez a su pueblo. La presión social, el murmullo continuo del contexto, lo que el universo a su alrededor le obligaba a elegir, le impedía decidir por sí mismo. Según Sforno, Dios endurece y fortalece su corazón, de modo entonces, de ser libre para elegir. Tal como escribió alguna vez Chesterton: “Siempre se ha creído que existe algo llamado destino, pero se ha creído también que hay otra cosa llamada libre albedrío. Lo que califica al hombre es el equilibrio de esa contradicción”.

El drama desatado los últimos días en Villa Gesell nos ha dejado como saldo a un joven asesinado, una familia destrozada con un vacío imposible de recuperar, diez familias destruidas, diez jóvenes vidas también terminadas, y decenas de preguntas a la sociedad: el alcohol, las drogas, la noche sin fin, el descontrol, la falta de seguridad, la vacación, la contención del deporte, el lugar ausente de los padres, el vínculo y los límites con los jóvenes, las políticas de prevención, la media hora que tardó la ambulancia en pleno centro veraniego, la falta de un solo policía durante toda la gresca.

No hay peor Faraón que el que habita dentro. Los diez involucrados que asesinaron fríamente a Fernando z¨l perderán su libertad por varios años, como resultado de haber decidido perderla durante esos minutos de furia, violencia, ceguera y muerte. No fue el rugby, ni sus profesores, ni su condición social. Fue lo que ellos hicieron con la vida que tenían. Fueron ellos por ellos mismos los que eligieron ser esclavos de sus pasiones. En el sentido de lo planteado por Maimónides, un insulto llevó a otro, un golpe al siguiente, hasta que no hubo retorno en sus mentes, y entonces tampoco en sus manos. O bien, en la línea del pensamiento de Sforno, el comportamiento de la masa y el contexto fueron más fuertes que su corazón, permitiendo dejar hundir la heterogeneidad en la homogeneidad del grupo, lo que les arrebató su particularidad y su propia libre elección. Decidieron que gane el Faraón, y por haber elegido el camino del desprecio a la libertad, deberán pagar con la pérdida de su libertad.

Mantener el libre albedrío, especialmente en un momento de emoción descontrolada como la ira, exige poder sobre uno mismo y auto control. Daniel Goleman en su libro Inteligencia emocional llama “el secuestro de la amígdala” al momento en donde la reacción instintiva toma el lugar de la decisión reflexiva. Ese momento en donde somos dañinos con nosotros y con los otros. El tiempo en que somos la peor versión de nuestro Faraón, resulta el más grande desafío a nuestra propia libertad.

En palabras de Goethe: “Nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo”.

El Faraón es cualquiera de nosotros. El gobernador del imperio más grande del mundo conocido, el que reinaba sobre todos, no podía gobernar sobre sí mismo. No eran sus súbditos, sino él mismo, el verdadero esclavo. Es por eso que en el Talmud, en el Tratado de Pirkei Avot (4:1), Ben Zoma nos enseña: “¿Quién es aquel verdaderamente poderoso?”, no el que triunfa sobre sus enemigos sino, “aquél que conquista sus propios instintos”.

Amigos queridos, amigos todos.

El poeta francés Jules Renard escribió: “El único hombre que es realmente libre es aquel que puede rechazar una invitación a comer sin dar ninguna excusa".

La mesa más importante, es la de nuestra vida. Está allí servida. Será tiempo de dejar de endurecer para embellecer nuestro corazón, para celebrar libremente cada elección, reflexionar desde el alma en vez que desde el ego, aprovechar el don de nuestra mente para meditar antes de responder, lograr que nuestros actos se originen exclusivamente dentro nuestro, y entonces ser libres de saborear cada instante de nuestra existencia.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.